Moto Jedi de Star Wars

Moto Jedi prueba a fondo. Hacía más de dos años que no veía a mi amigo Pedro Monje y a pesar de obligarme mentalmente a dar señales de vida y saber un poco de él, nunca lo hacía por motivos varios, entre los que no se puede negar el de la pereza. Por fin, el pasado mes de marzo se me encendió esta bombilla y contacté con él una lluviosa tarde en la que nada tenía que hacer.

 

Tras un fuerte abrazo y algunas sinceras risas, nos dirigimos a un bar restaurante donde continuar nuestro intercambio de experiencias y vivencias a golpe de tragos de cerveza y chatos de vino, donde ponernos al día y darnos un poco de envidia sana con nuestras pocas y esporádicas conquistas amorosas. Inevitablemente, la conversación fue derivando a uno de nuestras grandes aficiones, el cine. Lo que no consigo acordarme es de cómo salió a relucir una perla que Will Smith hizo en sus tiempos mozos, una película de la que casi nadie conoce su existencia llamada “Seis grados de separación”, en la que se afirma que cualquier persona puede contactar con cualquier otra del mundo sea cual sea su posición geográfica o estamental con tan sólo seis contactos intermedios. Él confirmaba esta teoría, mientras que yo, incrédulo, la desacreditaba una y otra vez. Quizás fuera el estupor del zumo de lúpulo, o los años que nos hacen más testarudos, pero ninguno de los dos daba su brazo a torcer. Al fin, Pedro sacó su as de la manga, un hecho con el que intentaría definitivamente poseer la razón y contra la que yo no podría combatir. Afirmaba que él conocía la existencia real de la moto Jedi y al dueño de ésta, un acaudalado ricachón tejano que tras ver la primera trilogía de Lucas invirtió más de la mitad de su riqueza en hacer que se convirtiera en algo real mediante los más avanzados sistemas tecnológicos conocidos. No miré el reloj, pero seguramente fueron más de tres minutos de reloj los que estuve riendo a carcajada limpia. Pedro sentía vergüenza ajena, pero su mirada era la de una persona que está diciendo la verdad y no está siendo creída. En cuanto descubrí este gesto en su cara, paré de reír inmediatamente y dibujé una de pasmosa curiosidad en la mía. Ahora estaba obligado a decírmelo. Su jugada de póker tenía que descubrirse y sabía que no podía recular. Sin mediar palabra, sacó una tarjeta de visita y un bolígrafo con el que copió de la agenda del móvil los datos de contacto de esta supuesta persona que poseía nada más y nada menos que una moto Jedi. Poco más intercambiamos a partir de aquel tenso momento, entre otras cosas porque yo tenía la mente puesta en averiguar la existencia de esta persona, lo cual no llevaba implícito que esta persona afirmara la existencia de la moto. Eso ya dependía de mi don de palabra y mi pico de oro. Unos minutos después, me despedí de Pedro con la obsesión de enganchar el teléfono del trabajo con el que llamar a USA.

 

Al día siguiente fue lo primero que hice en cuanto entré por la puerta de la redacción. El saludo en un inglés americano empalagoso me pilló fuera de juego. No tenía ni la más mínima esperanza de que nadie contestara aquella llamada, pero sí lo hicieron. Un “uhm” y un “eh” fueron mis dos primeras palabras. Atropelladamente, conseguí hilvanar una frase coherente con la que presentarme y dar confianza al interlocutor, pero no podía retardar mucho más el motivo de mi llamada. Por fin y sin muchos miramientos, le expliqué cómo conseguí su número de teléfono y mis más que claras intenciones, intentar conseguir ver algunas imágenes creíbles de su espectacular moto y algunas explicaciones con las que hacer un pequeño reportaje. Un corto e incómodo silencio se coló por el auricular, tiempo más que de sobra para que el miedo me hiciera creer que todo aquello se iba a ir al garete y me iba a quedar con las ganas de saber si aquella moto existía de verdad o no. “Come here and I’ll show you it. No problem”. Estaba claro, Pedro no sólo tenía razón, sino que sus seis grados de separación eran extremadamente poderosos.

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