Moto de Akira

A veces he de afirmar que creo en Dios aunque en este caso sería más propio hacerlo en la Virgen, pero dado el paralelismo que hay entre las apariciones de Ésta a personas de psique reducida, prefiero creer que fuera el Todopoderoso el que me hace los favores.

 

La racha era mala: La marca italiana del trébol tenía todas los scooters en préstamo a otros medios de prensa, la nipona marca alada no prestaba más a medios de prensa hispánicos desde que trasladaron su factoría a la península de la bota, la de los diapasones había encontrado la piedra filosofal con la que posicionarse como líder mundial en la venta de scooters y no le hacía falta prestar más a los medios de prensa, la taiwanesa por excelencia no nos tenía en cuenta alegando razones esquivas sin fundamento ninguno, y la francesa del león prefería centrarse en el mundo de las cuatro ruedas.

 

En estos momentos donde todo lo que se escucha a través del auricular del teléfono es un penetrante pitido discontinuo capaz de taladrar el cerebro del más pintón, la pantalla del ordenador se convierte en un sucio espejo donde se refleja el vacío de una mente deprimida por los obstáculos, y el cursor parpadeante se convierte en un fino cuchillo que en cada aparición secciona un poco más la fina piel de un descalabrado corazón.

 

Todo era desesperación, y el redactor jefe era el único al que le encantaba hacer sonar mi teléfono. En una de estas llamadas y a punto de dejar al interlocutor con la palabra en la boca mediante un fuerte improperio a sabiendas de que mi puesto de trabajo dependía del volumen con que lo soltara, fue otro y no el redactor el que hizo que descolgara el desdichado aparato.

 

Al otro lado una voz de ultratumba me llamaba por mi nombre, casi como el del buen señor de Piaggio que nos suple de sus scooter en la calle Francisco Silvela, pero con un marcado acento asiático. En mi mente se formó inmediatamente la imagen de un anciano oriental gran fumador de tabaco americano, sentado tras una desvencijada mesa de despacho cubierta por un par de manidos papeles arrugados bajo la luz de un siniestro flexo metálico. Tras varios intentos y pedirle que me repitiera el incomprensible mensaje, logré entender que tenía un gran reportaje para mí. Esto no hizo más que hacer estallar la bomba de los interrogantes, que quedaron desperdigaros por todos los rincones de mi maltrecha mente. Por más que intentaba desenmarañarlos, la respuesta seguía siendo la misma, el nombre de un hotel en Tokyo. ¿Quién es usted?… the Shinjuku City Hotel N.U.T.S, Tokyo. ¿Pero cómo pretende usted que me presente sin más información?…. Shinjuku City Hotel N.U.T.S, volvió a repetir la voz del Vicent Price japonés.

 

Tras varios intentos infructuosos, logré entender con mi escaso inglés de Jaén que el reportaje era un potente explosivo y que lo mío era en auténtica exclusiva. Era evidente que no podía hacerle caso al primero que me llegara con semejante catálogo de incertidumbres, pero casi todo quedó despejado con el email que recibí acto seguido. Ahora, quedaba darle explicaciones al jefe del ciclópeo proyecto y lograrle convencer a él y a la sección económica del igualmente gigantesco desembolso económico que suponía realizar esta locura.

Para mi total incomprensión, no fue tan difícil. Pero claro, todo tenía una explicación: iban a descontármelo del finiquito en el caso de que no fuera rentable. Por lo tanto, esta vez no iba a ser un viaje con la misma manga ancha de otras ocasiones.

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